sábado, 20 de diciembre de 2025

Las Tres Navidades

 Las Tres Navidades

Diciembre tiene esa magia rara: el aire cambia, las luces aparecen, los abrazos se vuelven “obligatorios” y la nostalgia se cuela como si también tuviera derecho a sentarse a la mesa. Para muchas personas, es la época más bonita del año: reuniones, risas, comida compartida, recuerdos que se vuelven ritual. Para otras, en cambio, es una temporada difícil: extrañan a alguien que ya no está, se sienten más solos, están cansados, preocupados por el dinero o simplemente no logran “sentirse felices” como se supone que deberían.


Hay razones humanas y también biológicas detrás de ese bajón que a veces aparece a finales de año. De hecho, existe algo llamado trastorno afectivo estacional (SAD, por sus siglas en inglés): síntomas depresivos que suelen iniciar en otoño o invierno y mejorar en primavera, relacionados con la reducción de luz solar. 


Ahora, súmale a eso la presión social, las dinámicas familiares, la comparación, el cierre del año, las metas no cumplidas y el “deber ser”… y tienes una mezcla emocional potente. Por eso, más que hablar de una Navidad, a mí me gusta pensar que tenemos tres opciopnes para vivir la Navidad. Y reconocerlas puede cambiar por completo tu manera de atravesar estas fechas.


Navidad social: la que nos venden.

Esta es la Navidad que se anuncia con jingles, descuentos, listas de regalos y la promesa implícita de que si compras lo suficiente, entonces vas a sentirte bien. Es la Navidad donde el amor se mide en envolturas, donde la alegría se confunde con consumo y donde el “éxito” de la noche se evalúa por la foto expuesta en la redes socuales: mesa perfecta, familia perfecta, momento perfecto. Ojo: no se trata de demonizar los regalos ni las fiestas. Regalar es un acto hermoso cuando nace del corazon y se ejerce de forma desinterasada, y  celebrar es una parte importantisima de nuestra naturalez social que impacta en directamente en nuestra salud mental y emocional. Además, diciembre es clave para la economía: hay empleos temporales, movimiento comercial, negocios que se sostienen gracias a esta temporada. La vida real necesita dinero, y eso no es un pecado.


El problema aparece cuando la Navidad social se vuelve una especie de examen emocional y financiero “Si no regalo, no valgo”,”si no voy, soy  estoy ma”l o “si no estoy feliz, algo está mal conmigo.”Y esa presión no es inventada. En una encuesta difundida por NAMI (National Alliance on Mental Illness), muchas personas reportaron que las fiestas les aportan tristeza o insatisfacción, estrés financiero, soledad, presión y expectativas irreales. 


La Navidad social puede ser bonita… pero también puede ser ruidosa, exigente y, a veces, superficial. Una celebración que se vive hacia afuera, como si el objetivo fuera convencer al mundo (y a uno mismo) de que todo está bien.


 Navidad simbólica (El que quiera ver que vea)

Esta Navidad es más antigua que los anuncios. Es la Navidad de los símbolos, de las historias que nos enseñan algo sobre la vida, el tiempo y la esperanza. Aquí caben distintas tradiciones: la cristiana (el nacimiento de Jesús), las lecturas espirituales, el sentido de los ciclos, el reconocimiento de que el año muere y renace. Por ejemplo, alrededor del 21 de diciembre ocurre el solsticio de invierno en el hemisferio norte: la noche más larga, el día más corto. A partir de ahí, poco a poco, la luz regresa. Este hecho natural se volvió, para muchas culturas, una metáfora poderosa: cuando todo parece oscuridad, la luz no desaparece; se está preparando para volver.


En la tradición cristiana, la Navidad celebra el nacimiento de Jesús —un símbolo de renovación, de amor encarnado, de esperanza para los que sienten que no hay esperanza—. Y más allá de la religión específica, el mensaje simbólico es claro: la luz nace en tiempos difíciles. No cuando todo está resuelto, sino cuando el mundo parece más frío. La Navidad simbólica nos recuerda las grandes virtudes del ser humano: Amor, Gratitud, Compasión, Reconciliación, Perdón, Generosidad, Humildad, Servicio entre otras Y aquí viene una idea que me encanta: los símbolos no son cuentos para niños; es el recordatorio para la mente que esta preparada y abierta para evolucionar. 

 

Navidad interior: la que nadie puede darte (ni quitarte)

Esta es, para mí, la más importante. La Navidad interior es cuando dejas de buscar que la fecha te “salve” y empiezas a preguntarte: ¿qué necesito yo para renacer por dentro? puedes tener una cena espectacular y sentir un vacío enorme. Y también puedes estar en una temporada difícil, con un duelo o con incertidumbre, y aun así encontrar un espacio pequeño de paz dentro de ti.

La Navidad interior no depende de  cuántos regalos diste o cuantos recibiste, no depende de la cantidad de  posadas a las que te  invitaron o si  el año salió según lo planeado.


La Navidad interior representa en un primer momento el reconocimiento de la oscuridad que habita en nuestro interior, es identificar aquellas pasiones, apegos,  deseos y vicios que nos dejan empantanados en las tinieblas y que nos impide evolucionar en conciencia.  Al reconocer esto, por ende viene  el  redescubrimiento de la Luz Divina que alumbra  desde nuestra alma, y entonces se reconoce el nacimiento del Cristo interior en medio de nuestra oscuridad. Trasmutado en Amor, Esperanza y Fe. 

 

Entonces… ¿Qué Navidad quieres vivir?


¡Vive las Tres!, pero no te confundas recuerda que  la primera es del “mundo”, la segunda del “universo” y la tercera es  “tuya”.

 


Con afecto 

 

Servir para Trascender

Miguel Vladimir Rodriguez Aguirre

 

viernes, 3 de octubre de 2025

La niña y la luna


Cierto día, le preguntaron al Maestro:

—Maestro, ¿cómo podemos entender a Dios?

El Maestro sonrió y, en vez de dar una definición, contó la siguiente  historia:

Después de una acalorada discusión, un padre notó que su hija estaba en el patio, en silencio, mirando al cielo. Se acercó con cuidado y preguntó:
—¿Qué miras?
—La luna —respondió ella.
—¿Te gusta mirarla?
—Me tranquiliza. Siento que la luna me escucha; siempre está ahí. A diferencia del sol, la luna no me lastima los ojos si la miro fijamente, no me quema la piel si me quedo con ella.

El padre guardó un instante de silencio y luego dijo:
—Es hermosa… pero si no existiera el sol, no podrías ver la luna. Quizá ni siquiera sabrías que está ahí. La luz de la luna es, en realidad, la luz del sol reflejada en su superficie. Sin el sol, la luna sería sombra. Con el sol, la luna se vuelve compañía.

Hizo una pausa y añadió:
—Eso mismo pasa con todo lo que vemos: los colores, las formas, la vida… todo es posible por la luz. Sin sol no habría verde ni azul, ni calor, ni crecimiento. Y con la divinidad ocurre algo parecido: tú eres un reflejo de su Luz. Sin esa Fuente, no existirían las realidades físicas, ni los pensamientos, ni lo espiritual. Lo que contemplamos cada día —lo bello, lo verdadero, lo que nos sostiene— son destellos de una claridad mayor.

El Maestro volvió a sonreír y concluyó:
—Entender a Dios desde esta realidad, se parece mucho a esa niña que mira la luz que refleja la luna, aprendamos a reconocer la divinidad por medio de su  reflejo.

Algunas realidades son demasiado intensas para mirarlas directamente, nadie puede sostenerle la vista al sol; en cambio, la luna nos muestra un brillo amable que no lastima y que podemos contemplar con serenidad. Eso es mediación. Con lo divino pasa algo similar: muchas veces se deja conocer mejor por medio de sus reflejos, es decir, en sus mediaciones: en el ejercicio de la bondad, en la belleza de un atardecer, en el milagro de la vida, en una sonrisa, en una mirada, en un perdón que descansa el alma. Cada uno de estos gestos y experiencias es como un fragmento de luz que nos recuerda la existencia de una Fuente mayor. Quizá no podamos mirar de frente a la divinidad, pero sí podemos aprender a reconocerla en lo cotidiano, en esos destellos que nos acarician y nos invitan a descubrir, poco a poco, la claridad que sostiene toda la existencia...



Con afecto 

 

Servir para Trascender

Miguel Vladimir Rodriguez Aguirre

 

 


viernes, 15 de agosto de 2025

"La raíz de tus deseos: ¿libertad o programación?"

Decían los antiguos Vedas que los seres humanos somos definidos por nuestros deseos más profundos. Poderosa declaración que no hay que tomar a la ligera, ya que, si hacemos un acto de autoanálisis, veremos que lo que anhelamos, en muchos casos, dirige nuestros pensamientos; los pensamientos moldean nuestras palabras y acciones, y estas, a su vez, nos conducen a la búsqueda del cumplimiento —o la frustración— de ese deseo.

Deepak Chopra lo resume con maestría, por lo que la reflexión de estas breves líneas descansa sobre dos cuestionamientos: ¿Qué es lo que deseas? y ¿Quién está plantando la semilla de esos deseos?

Para responder estas preguntas tenemos que partir de una reflexión personal sincera y cuestionarnos cuáles son nuestros deseos más profundos. Aquellos… ¿qué deseas? Sería provechoso que tomaras lápiz y papel, o los anotaras en algún dispositivo. Una vez hecho esto, pregúntate: ¿por qué deseas lo que deseas?

Hoy en día, nuestros deseos no están constituidos únicamente por nuestras experiencias o aspiraciones internas, sino por el devenir de un flujo constante de estímulos diseñados por otros. La vida en sociedad y los círculos sociales más cercanos a los individuos históricamente han cumplido con esta función: influir en los deseos personales alineados a los esquemas culturales y de valores del grupo social. Sin embargo, la realidad actual, inundada por las redes sociales, medios de comunicación y algoritmos que gobiernan lo que se difunde y lo que no, trabaja en silencio. No solo para mostrarnos el mundo… sino para moldear lo que queremos de él.

Antiguamente, los deseos solían gestarse en la experiencia directa: la convivencia, la observación de la naturaleza, el contacto con la comunidad. Hoy, gran parte de nuestras aspiraciones nacen en una pantalla. Un anuncio perfectamente segmentado, un “influencer” exhibiendo su estilo de vida, una tendencia viral… todo esto va programando nuestra mente para anhelar cosas que quizás nunca hubiéramos considerado.

Y lo más inquietante es que no lo notamos. Creemos que esos deseos son nuestros, pero en realidad fueron sembrados con precisión quirúrgica.

Si seguimos la secuencia védica —deseo → pensamiento → palabra/acción— veremos que, al controlar el primer eslabón, se controla todo el resto. Los algoritmos no necesitan dictarnos qué hacer; basta con sembrar el deseo correcto para que nuestro propio pensamiento y comportamiento lo hagan realidad. Un ejemplo simple: si una red social detecta que empiezas a interesarte por cierto estilo de vida, te bombardea con imágenes y contenidos similares. Poco a poco, tu mente lo asume como algo valioso, normal y deseable.


Es un ciclo silencioso, pero tremendamente efectivo.

Muchos defienden que las redes “solo muestran lo que nos gusta”. Sin embargo, esta afirmación es incompleta. Las plataformas no solo reflejan intereses: los amplifican, los dirigen y, en ocasiones, los crean desde cero. Creemos que elegimos, pero muchas veces solo respondemos a una arquitectura invisible de persuasión. El control del deseo es el control de la narrativa interna de cada persona.

Los Vedas entendieron hace milenios que el deseo es la raíz de nuestra existencia consciente. Hoy, esa raíz sigue siendo la misma, pero el suelo en el que crece está lleno de fertilizantes artificiales diseñados por corporaciones, anunciantes y arquitectos de la atención.

No se trata de demonizar la tecnología, sino de recuperar la autoría de lo que queremos. Preguntarnos: ¿esto que deseo viene de mí o me lo han sembrado?

Porque en el momento en que distinguimos entre deseo genuino y deseo inducido, recuperamos algo más grande que cualquier tendencia:  Nuestra Libertad Interior.


P.D. Muchas gracias por compartir.🙏


Con afecto 

 

Servir para Trascender

Miguel Vladimir Rodriguez Aguirre

 

 

sábado, 26 de julio de 2025

Cuando la ideología política invade tu individualidad

 

Sin duda, los tiempos actuales son inéditos en la historia de la humanidad por varias razones, muchas de ellas mencionadas en publicaciones anteriores: nunca habíamos estado expuestos a tanta información, ideas, conocimiento y herramientas que han acelerado grandes cambios en tan poco tiempo.


Sin embargo, sobre esto último quiero hacer dos reflexiones: primero, no todo cambio es necesariamente bueno; segundo, ¿estamos preparados para afrontarlos?


Un ejemplo claro es la politización y polarización de la sociedad actual, en la que casi todo parece teñirse de ideología. Lo que comemos, la música que escuchamos, las películas que vemos y los libros que elegimos… incluso la forma en que criamos a nuestros hijos se ha convertido en una declaración política. Las redes sociales y los medios de comunicación amplifican este fenómeno: cada elección personal puede ser interpretada como una bandera ideológica, un “sí” o un “no”, acompañado de condenas, señalamientos e, incluso, linchamientos digitales.


Hoy hemos dejado de ver a las personas como un mosaico de individualidad para reducirlas a una ideología, una preferencia sexual, una clase social, un género, una nacionalidad, un color de piel o una religión. Sin darnos cuenta, hemos renunciado a la visión de lo que nos hermana como seres humanos y lo hemos sustituido por el énfasis en las diferencias. Como dijo Indira Gandhi: “Con el puño cerrado no se puede intercambiar un apretón de manos.” Pero… ¿a qué se debe esto? ¿Será que la ideología política partidista está invadiendo los terrenos más íntimos de nuestra personalidad?


La política no vive solo en los partidos ni en las campañas electorales. Está en el lenguaje que usamos, en los valores que damos por sentados y en la forma en que juzgamos lo “correcto” y lo “incorrecto”. Hoy una idea no se debate: se etiqueta. Lo que consideramos “bueno” o “malo” depende más del grupo que lo defiende que de su esencia. Esto también se filtra en cómo interpretamos la disciplina, la libertad o la educación emocional.


Uno de los riesgos más evidentes de la politización excesiva es la censura, especialmente en el ámbito cultural y educativo. Libros clásicos como Charlie y la fábrica de chocolate o Pippi Calzaslargas han sido reeditados para eliminar términos considerados ofensivos. Y es válido preguntarse: ¿realmente estamos protegiendo a los niños o les estamos quitando la posibilidad de entender el contexto histórico, de aprender a pensar por sí mismos y cuestionar lo que leen? En algunos lugares, temas esenciales —como el género, la historia o la espiritualidad— se eliminan de las aulas por presiones políticas, mientras que en otros se obliga a enseñar visiones muy concretas. El problema no es solo lo que se enseña, sino lo que se silencia.


El desarrollo personal se nutre de la diversidad de ideas. Si empezamos a filtrar todo para que encaje en una única visión, estamos privando a las nuevas generaciones de la herramienta más poderosa: la capacidad de formar su propio criterio.


Este fenómeno no solo afecta a la niñez y la juventud. En el mundo del desarrollo personal ocurre algo similar. Hay corrientes de autoayuda que se vuelven casi sectarias, más centradas en una narrativa ideológica que en el bienestar real. Algunos “gurús” no enseñan a pensar, sino a repetir mantras como verdades absolutas, creando un nuevo tipo de dependencia. ¿Acaso no es el verdadero objetivo del desarrollo personal liberarnos de condicionamientos? No se trata de reemplazar unas cadenas por otras, aunque éstas vengan disfrazadas de “verdad” o “iluminación”.


Cuando la política invade el desarrollo personal, lo que está en juego no es una ideología u otra, sino la libertad interior. No se trata de huir de la política, porque vivir en comunidad siempre nos vincula a ella, pero sí de evitar que nos robe nuestra capacidad de pensar y sentir por cuenta propia.


El mejor legado que podemos dejar a las próximas generaciones no es una doctrina, sino una actitud: la valentía de pensar con libertad, de escuchar al otro con respeto y de construir un mundo donde ser crítico y compasivo sea más valioso que estar de acuerdo con todos.



Con afecto 

 

Servir para Trascender

Miguel Vladimir Rodriguez Aguirre

sábado, 19 de julio de 2025

“Más datos, menos sabiduría: el dilema del desarrollo humano hoy”

Pareciera que escribir sobre desarrollo humano en estos tiempos es casi un cliché. Hay tantas voces hablando de ello, tantas frases motivadoras circulando en redes sociales, que incluso las ideas más valiosas corren el riesgo de perderse como un grano de arena en el más inmenso de los desiertos. Tal vez este sea el gran desafío de nuestra era: no enfrentarnos a un oscurantismo provocado por la falta de conocimiento, sino a uno mucho más sutil y engañoso, originado por el exceso de información, una avalancha de datos cuya finalidad, en demasiados casos, no es servir al ser humano, sino alimentar un sistema de consumo sin fin.

Hoy tenemos al alcance de nuestras manos herramientas tecnológicas inimaginables hace apenas unas décadas. Internet y la inteligencia artificial, en teoría, deberían abrirnos las puertas hacia una comprensión más profunda, hacia un pensamiento crítico y complejo. Sin embargo, corremos el riesgo de que estas mismas herramientas se conviertan en sustitutos fáciles, atajos que simulan aprendizaje y conocimiento, pero que rara vez nos llevan a una verdadera transformación interna.

Lo interesante de este fenómeno es que pone en evidencia una distinción crucial: no es lo mismo tener acceso a la información que interiorizarla y convertirla en conocimiento útil. Puedes leer cientos de libros, ver miles de videos y escuchar infinidad de discursos, pero si no te detienes a reflexionar, a cuestionar, a experimentar por ti mismo, ¿realmente has aprendido algo? El acceso a la información es apenas la puerta de entrada; el conocimiento real se construye a través de la experiencia, la práctica y la introspección.


En este mar de contenidos, algunos pocos logran crear un mensaje profundo, capaz de inspirar un cambio verdadero. Pero la gran mayoría de voces solo repiten conceptos, frases hechas y fórmulas vacías. Es como si estuviéramos atrapados en un bucle donde se reproduce la misma información una y otra vez, hasta perder su esencia original.Entonces, ¿cómo podemos distinguir el conocimiento genuino del ruido?

La respuesta no está en consumir más, sino en consumir con conciencia. 


El verdadero desarrollo humano no ocurre cuando acumulamos datos en la mente, sino cuando una idea toca nuestro corazón y nos lleva a actuar de forma distinta. No se trata de cuánto sabemos, sino de qué hacemos con lo que sabemos.


Quizá el reto de esta época no es aprender más, sino saber que aprender. Tal vez el camino esté en volver a lo esencial: escuchar en silencio, pensar con calma, cuestionar lo que consumimos y, sobre todo, atrevernos a crear nuestra propia visión del mundo, en lugar de copiar la de los demás.


Y tú, ¿crees que en medio de tanta información aún somos capaces de escuchar nuestra propia voz?


Con afecto 

 

Servir para Trascender

Miguel Vladimir Rodriguez Aguirre




sábado, 28 de junio de 2025

La Sagrada Curiosidad

 —¿Qué es más importante: la pregunta o la respuesta? —preguntó el Maestro con voz profunda y seria.

Nadie respondió. Entonces el Maestro prosiguió:

—¿Qué prefieres: preguntas sin respuesta o respuestas sin preguntas? He aquí el dilema humano de todos los tiempos: solemos elegir la respuesta cómoda, muchas veces carente de sentido, pero que satisface al ego y a la configuración de la mente, antes que el cuestionamiento, que exige reconocer el no saber para emprender la búsqueda y la construcción de nuevos horizontes del saber.

La pregunta es el cimiento del conocimiento y la semilla de la genialidad. Bien lo recordó Albert Einstein en una entrevista que William Hermanns le hizo en Princeton entre 1943 y 1954, recopilada años después en el libro Einstein and the Poet: In Search of the Cosmic Man (Branden Publishing, 1983, p. 138):

«No pienses en por qué preguntas; simplemente no dejes de preguntar.
No te preocupes por lo que no puedas responder y no intentes explicar lo que no sepas. La curiosidad es su propia razón. ¿Acaso no te sobrecoge contemplar los misterios de la eternidad, de la vida, de la maravillosa estructura detrás de la realidad? Y este es el milagro de la mente humana: usar sus construcciones, conceptos y fórmulas como instrumentos para explicar lo que el hombre ve, siente y toca.
Intenta comprender un poco más cada día. Ten una curiosidad sagrada».
—Albert Einstein

Cuida esa curiosidad sagrada en tu pensamiento: cuestiónate, duda, no te cases con ninguna idea. Busca flexibilizar tu sistema de creencias; desconfía incluso de estas palabras, pero jamás dudes de ti ni del sagrado don divino de cuestionar y cuestionarte.

El verdadero Maestro no impone respuestas a preguntas no formuladas; en su lugar, cuestiona, reflexiona y simplemente muestra el camino. Nos corresponde a cada uno decidir tomarlo y recorrerlo.


Con afecto 

 

Servir para Trascender

Miguel Vladimir Rodriguez Aguirre

  

 

sábado, 24 de mayo de 2025

La identidad perdida

Con gusto te saludarte y agradecer la oportunidad de volvernos a encontrar. Hoy quiero compartir contigo una reflexión que me ronda el alma desde hace tiempo.

No es secreto para nadie que vivimos en la era de la inmediatez, la validación constante y las apariencias. En este mundo, la verdad incómoda ha sido poco a poco desplazada por la mentira fácil, esa que mucha veces  se disfraza de consuelo, que evita el conflicto y nos ofrece una falsa sensación de seguridad. Pero, te has preguntado ¿qué precio estamos pagando por esta comodidad? ¿En qué momento dejamos de ser dueños de nuestro pensamiento? ¿Cuándo empezamos a repetir sin cuestionar y a conformarnos con la superficie?

La esencia humana, esa chispa única  de conciencia, de moral y autorreflexión  parece apagarse poco a poco. Hemos dejado cuestionar la percepción que tenemos de la realidad  empezando por nuestros propios pensamientos y paradigmas,¿Por qué pienso lo que pienso?  ¿Por qué veo este hecho desde este punto de vista? ¿Tengo razón o solo busco validar mis creencias?. Hemos normalizado  a adoptar creencias prefabricadas, heredadas o impuestas como propias, debido a que construir una visión personal requiere tiempo, esfuerzo, recursos, incomodidad y valentía. Al hacerlo, nos hemos alejado de nuestra capacidad de vivir con autenticidad.

Y no, esto no es casualidad las redes sociales, los discursos dominantes, los algoritmos que nos muestran siempre lo mismo y un sistema educativo cada vez más politizado nos empujan hacia un pensamiento predecible, cómodo y  polarizado. Aunque en apariencia abunda la diversidad de opiniones, muchas de estas ideas responden a los mismos intereses y provienen de las mismas fuentes. El pensamiento crítico verdadero, ese que desafía, transforma y a veces incomoda, parece cada vez más escaso.

Entonces, ¿qué hemos ganado? acaso ¿comodidad?, ¿paz? ¿prosperidad?, ¿aceptación social?; sin embargo nos hemos perdido en el camino. Hemos olvidado la Bendita oportunidad de ser nosotros mismos, bien lo decía el Ralph Waldo Emerson "Ser uno mismo en un mundo que no quiere que lo seas, es el mayor de los logros". Recuperar el pensamiento propio no es tarea sencilla, requiere de atención, silencio,  introspección, y  confrontación; pero sobre  todo  exige coraje para afrontar todo lo que implica el pensar diferente, para  buscar cercanos a esa utopia humana llamada  "coherencia".

Buscar recuperar nuestra autenticidad es un acto profundamente espiritual, ya que para hacerlo necesitamos   reconectarnos con nuestra voz interior, con la intuición que sabe sin necesidad de demostrar nada, y la vez es necesario  desconectarnos del ruido externo para volver a nuestro centro, es decir a nuestra esencial. 

En estos tiempos, necesitamos recordar que no estamos aquí para complacer ni para encajar, sino para crecer, para aprender, para vivir  y para lograr Ser; y  aunque la verdad incomode, aunque duela y nos sacuda, también libera. Y sólo cuando nos atrevemos a mirar más allá de lo popular y lo fácil, podemos reencontrarnos con lo correcto, lo auténtico, lo profundamente humano.

Hoy quiero invitarte a hacer una pausa. A desconectarte del ruido y a escucharte en silencio. Pregúntate: ¿Qué ideas repito sin haberlas pensado? ¿Qué verdades he ocultado por miedo? ¿Cuántas veces he preferido la comodidad sobre la verdad? ¿Dónde está mi esencia y qué necesito hacer para recuperarla?

El mundo no necesita más copias, necesita almas despiertas. Porque cuando una persona despierta, inspira a muchas más. Y quizás, solo quizás, ahí comience el verdadero cambio.


Con afecto 

 

Servir para Trascender

Miguel Vladimir Rodriguez Aguirre

 

Las Tres Navidades

  Las Tres Navidades Diciembre tiene esa magia rara: el aire cambia, las luces aparecen, los abrazos se vuelven “obligatorios” y la nostalgi...